#ELMESDELOSRETOS Respuestas de los retados: Continúa el cuento.

El 28 de abril os proponíamos este reto para los más creativos. El juego consistía en buscar un final alternativo para el cuento “El Alma de Moncho” de Carme Riera. Vuestras respuestas han sido sorprendentes y hoy queremos compartir las que nos han llegado. Para no liarnos, el cuento original estará en letra de color negro y cada final alternativo aparecerá en azul. Disfrutar de la lectura.

EL ALMA DE MOCHO

por Enrique Carlos Sanchís

Aquel mes de julio estaba siendo especialmente caluroso, sobre todo por las zonas de interior y Zaragoza no iba a ser una excepción. Y fue de la capital maña que me llamaron para dar una conferencia. No soy ni mucho menos una escritora famosa. Jamás me han dado un premio, no salgo en televisión y mis libros apenas se venden.

Llegué a Zaragoza con el tiempo justo para dar una conferencia en una Caja de Ahorros a la que sólo acudieron tres conocidos a escucharla. En cuanto acabé la conferencia, subí a la habitación y resignada me dispuse a cenar, pero como el servicio de habitaciones estaba ya cerrado y sólo se podía tomar un bocadillo, decidí salir a un sitio donde me dieran algo más. La noche era agradable, así que fui dando un paseo hasta los alrededores de una antigua plaza, donde conozco un restaurante estupendo. Pedí borrajas y ternasco y me dejé aconsejar respecto al postre. Tomé yemas, su especialidad. Y, aunque detesto comer sola fuera de casa, esta vez me sentía acompañadísima por dos camareros que me trataron a cuerpo de rey. De manera que salí de allí reconfortadísima y, para hacer mejor la digestión antes de irme a la cama, decidí regresar a pie al hotel. Nunca debí de hacer tal cosa. Zaragoza es una ciudad tranquila, de gentes sumamente amables y pacíficas, en la que, no obstante, de noche, como en cualquier otro lugar, es preferible que las mujeres no anden solas por las calles.

Pasaba por los arcos de la Independencia cuando tuve la sensación de que me seguían. Incapaz de volverme para comprobarlo, aceleré el paso y noté que quien o quienes venían tras de mí también lo aceleraban. Corrí hacia el centro de la calzada para ver si entre los pocos coches que circulaban encontraba algún taxi, pero ni siquiera pude llegar hasta allí porque tres tipos me rodearon. Instintivamente agarré con fuerza el bolso, en el que además del monedero tenía lo que me habían pagado por la conferencia y el billete del tren, dispuesta a defender mis pertenencias, algo que jamás hay que hacer en estos casos. Al ver que no cedía al primer tirón, el más fuerte de los tres sacó una navaja y me la pasó por la mejilla, mientras me insultaba en un inglés macarrónico. Les di el bolso, pero me defendí como pude pegando patadas y pidiendo socorro cuando intentaron arrastrarme hacia un coche, retorciéndome los brazos. Lo habrían conseguido si no llega a ser por Moncho….

Ahora “mi Moncho” por razones que no hará falta explicar. Un magnífico y espectacular pero muy sucio, mejor dicho, sucísimo y agresivo pastor alemán que se acercó sin hacer apenas ruido, y que cuando estuvo muy cerca empezó a ladrar y a enseñar su mandíbula muy apretada, enseñando su magnífica dentadura, mientras al mismo tiempo gruñía con un ruido espeluznante. Los tres tipos me soltaron el brazo y se les cayó mi bolso al suelo. Intentaron subirse al coche pero cada vez que alguno intentaba moverse el perro se lanzaba hacia él y hacía un amague y se lanzaba contra otro. Así sucesivamente estuvieron durante un corto espacio de tiempo hasta que se les ocurrió dejar el coche y salir corriendo. El perro corrió tras ellos un corto espacio de tiempo y volvió.

Yo estaba como en trance por lo sucedido. El perro cogió mi bolso por los tirantes con su boca acercándose a mí y se sentó delante, lo que me hizo volver un poco en mí, ya que hasta entonces estaba muy asustada y confusa. No me había dado cuenta de que el perro estaba salvándome de los tres tipos y que no representaba ningún peligro para mí sino todo lo contrario. La feroz y agresiva bestia de repente, después de haberme salvado de los tres tipos, se había convertido en un tierno corderito. Ahí estaba yo sola, a escasos metros de los Arcos de la Independencia, con un perro al que no conocía y que parecía que no tenia dueño por lo sucio y maltrecho que se encontraba, y además sin collar alguno, lo que sin duda hacía de él un perro callejero. Entonces me agaché acaricié la cabeza del perro y cogí mi bolso. Anduve unos pocos pasos me giré y vi que el perro seguía sentado. Así que lo llamé. No iba a llamarlo “perro” y sin pensarlo siquiera dije: “Moncho, vamos” Y el perro se levantó y me siguió.     

EL ALMA DE MONCHO

Por Loles Giner

Aquel mes de julio estaba siendo especialmente caluroso, sobre todo por las zonas de interior y Zaragoza no iba a ser una excepción. Y fue de la capital maña que me llamaron para dar una conferencia. No soy ni mucho menos una escritora famosa. Jamás me han dado un premio, no salgo en televisión y mis libros apenas se venden.

Llegué a Zaragoza con el tiempo justo para dar una conferencia en una Caja de Ahorros a la que sólo acudieron tres conocidos a escucharla. En cuanto acabé la conferencia, subí a la habitación y resignada me dispuse a cenar, pero como el servicio de habitaciones estaba ya cerrado y sólo se podía tomar un bocadillo, decidí salir a un sitio donde me dieran algo más. La noche era agradable, así que fui dando un paseo hasta los alrededores de una antigua plaza, donde conozco un restaurante estupendo. Pedí borrajas y ternasco y me dejé aconsejar respecto al postre. Tomé yemas, su especialidad. Y, aunque detesto comer sola fuera de casa, esta vez me sentía acompañadísima por dos camareros que me trataron a cuerpo de rey. De manera que salí de allí reconfortadísima y, para hacer mejor la digestión antes de irme a la cama, decidí regresar a pie al hotel. Nunca debí de hacer tal cosa. Zaragoza es una ciudad tranquila, de gentes sumamente amables y pacíficas, en la que, no obstante, de noche, como en cualquier otro lugar, es preferible que las mujeres no anden solas por las calles.

Pasaba por los arcos  de la Independencia cuando tuve la sensación de que me seguían. Incapaz de volverme para comprobarlo, aceleré el paso y noté que quien o quienes venían tras de mí también lo aceleraban. Corrí hacia el centro de la calzada para ver si entre los pocos coches que circulaban encontraba algún taxi, pero ni siquiera pude llegar hasta allí porque tres tipos me rodearon. Instintivamente agarré con fuerza el bolso, en el que además del monedero tenía lo que me habían pagado por la conferencia y el billete del tren, dispuesta a defender mis pertenencias, algo que jamás hay que hacer en estos casos. Al ver que no cedía al primer tirón, el más fuerte de los tres sacó una navaja y me la pasó por la mejilla, mientras me insultaba en un inglés macarrónico. Les di el bolso,  pero me defendí como pude pegando patadas y pidiendo socorro cuando intentaron arrastrarme hacia un coche, retorciéndome los brazos. Lo habrían conseguido si no llega a ser por Moncho que cruzo la calle para venir en mi defensa y ahuyentó a los malhechores enseñándoles los dientes con todas sus fuerzas. Por lo visto, no era ni mucho menos la primera vez que Moncho intervenía para salvar a alguien, al menos cinco personas le debían la vida según me fue contado después por su amo, José Gil. Gracias a Moncho, que atacó a aquellos tres malnacidos, me salvé y gracias a José Gil, que llamó a una ambulancia y me acompañó al hospital, hoy puedo escribir estas líneas.

Pueden ustedes imaginarse lo agradecidísima que estoy al señor Gil y a su perro. En cuanto me quitaron la escayola de los brazos, les convidé a mi casa de Barcelona para agasajarles como merecían. A decir verdad, es con Moncho con quien me sentí más a gusto y sé que él se dio cuenta. Nunca he encontrado a nadie tan extraordinario. Si en vez de perro fuera hombre, sería el de mi vida. En eso coincido con su dueño que dice que si Moncho fuera mujer, él no estaría soltero. Después me confesó lo triste que se pone cuando piensa que sobrevivirá a Moncho. Moncho, con nueve años, ya va para viejo. El único consuelo de José Gil es pensar que quizá Moncho pueda ir al Cielo, sólo así podría resistirlo. Yo, para animarle, le dije que quién sabe, que tal vez Moncho sí irá al Cielo, ya que méritos no le faltan. José Gil, que es católico practicante, me aseguró que no era posible, que la Iglesia no lo permite, que al Cielo sólo van las almas y los perros no tienen alma.

Sin embargo, hace una semana recibí un correo electrónico de José Gil en el que me contaba que, después de darle muchas vueltas, había decidido escribir al …

Al más prestigioso y especialista en medicina veterinaria. A pesar de ser muy creyente en católico,  decidió ir con la chica que salvó Moncho y  el dueño de Moncho a la veterinaria. Para poder extraerle el ADN (código genético) sin causarle daño innecesario a Moncho. Y así poder clonar a otros perros con sus mismos genes, ya que el perrito era demasiado mayor para poder cruzarlo y tener cachorros. Así pues le hicieron la intervención quirúrgica y empezaron a criar clones de Moncho con el gen que salvaba vidas humanas. Estos animales fueron criados y cuidados para salvar y proteger vidas.

El gobierno decreto una nueva ley en la que cada cachorro sería donando a un hombre o mujer transexual que se dedicara al oficio de policía, y junto con jóvenes que estaban saliendo de las drogas, cada noche iría un perro, un policía y un chaval, a recoger a la salida a las mujeres que salieran a altas horas de trabajar o salieran de fiesta y volvieran  solas a casa para que estos animales los protegieran.

Además el presidente del Gobierno les proporcionaría todo lo necesario para el cuidado de estos cachorros y los chavales a la vez serían remunerados, formándose como personas trabajadoras autónomas y creándoles hábitos saludables, con la consecuencia de integrarlos en la sociedad.

EL ALMA DE MOCHO

Por Ana Isabel Guadalajara

Aquel mes de julio estaba siendo especialmente caluroso, sobre todo por las zonas de interior y Zaragoza no iba a ser una excepción. Y fue de la capital maña que me llamaron para dar una conferencia. No soy ni mucho menos una escritora famosa. Jamás me han dado un premio, no salgo en televisión y mis libros apenas se venden.

Llegué a Zaragoza con el tiempo justo para dar una conferencia en una Caja de Ahorros a la que sólo acudieron tres conocidos a escucharla. En cuanto acabé la conferencia, subí a la habitación y resignada me dispuse a cenar, pero como el servicio de habitaciones estaba ya cerrado y sólo se podía tomar un bocadillo, decidí salir a un sitio donde me dieran algo más. La noche era agradable, así que fui dando un paseo hasta los alrededores de una antigua plaza, donde conozco un restaurante estupendo. Pedí borrajas y ternasco y me dejé aconsejar respecto al postre. Tomé yemas, su especialidad. Y, aunque detesto comer sola fuera de casa, esta vez me sentía acompañadísima por dos camareros que me trataron a cuerpo de rey. De manera que salí de allí reconfortadísima y, para hacer mejor la digestión antes de irme a la cama, decidí regresar a pie al hotel. Nunca debí de hacer tal cosa. Zaragoza es una ciudad tranquila, de gentes sumamente amables y pacíficas, en la que, no obstante, de noche, como en cualquier otro lugar, es preferible que las mujeres no anden solas por las calles.

Pasaba por los arcos  de la Independencia cuando tuve la sensación de que me seguían. Incapaz de volverme para comprobarlo, aceleré el paso y noté que quien o quienes venían tras de mí también lo aceleraban. Corrí hacia el centro de la calzada para ver si entre los pocos coches que circulaban encontraba algún taxi, pero ni siquiera pude llegar hasta allí porque tres tipos me rodearon. Instintivamente agarré con fuerza el bolso, en el que además del monedero tenía lo que me habían pagado por la conferencia y el billete del tren, dispuesta a defender mis pertenencias, algo que jamás hay que hacer en estos casos. Al ver que no cedía al primer tirón, el más fuerte de los tres sacó una navaja y me la pasó por la mejilla, mientras me insultaba en un inglés macarrónico. Les di el bolso,  pero me defendí como pude pegando patadas y pidiendo socorro cuando intentaron arrastrarme hacia un coche, retorciéndome los brazos. Lo habrían conseguido si no llega a ser por Moncho, que cruzo la calle para venir en mi defensa y ahuyentó a los malhechores enseñándoles los dientes con todas sus fuerzas. Por lo visto, no era ni mucho menos la primera vez que Moncho intervenía para salvar a alguien, al menos cinco personas le debían la vida según me fue contado después por su amo, José Gil. Gracias a Moncho, que atacó a aquellos tres malnacidos, me salvé y gracias a José Gil, que llamó a una ambulancia y me acompañó al hospital, hoy puedo escribir estas líneas.

Pueden ustedes imaginarse lo agradecidísima que estoy al señor Gil y a su perro. En cuanto me quitaron la escayola de los brazos, les convidé a mi casa de Barcelona para agasajarles como merecían. A decir verdad, es con Moncho con quien me sentí más a gusto y sé que él se dio cuenta. Nunca he encontrado a nadie tan extraordinario. Si en vez de perro fuera hombre, sería el de mi vida. En eso coincido con su dueño que dice que si Moncho fuera mujer, él no estaría soltero. Después me confesó lo triste que se pone cuando piensa que sobrevivirá a Moncho. Moncho, con nueve años, ya va para viejo. El único consuelo de José Gil es pensar que quizá Moncho pueda ir al Cielo, sólo así podría resistirlo. Yo, para animarle, le dije que quién sabe, que tal vez Moncho sí irá al Cielo, ya que méritos no le faltan. José Gil, que es católico practicante, me aseguró que no era posible, que la Iglesia no lo permite, que al Cielo sólo van las almas y los perros no tienen alma.

Sin embargo, hace una semana recibí un correo electrónico de José Gil en el que me contaba que, después de darle muchas vueltas, había decidido escribir al  Papa adjuntando al currículum del perro los testimonios de las personas que, como yo, puedan avalar las extraordinarias virtudes de Moncho. José Gil tiene mucha fe en el Papa, sabe de buena fuente que es muy perruno, algo que juega a favor de Moncho, y a él no le importa esperar. Por eso me ha pedido que le ayude a redactar su petición. Por descontado, le he dicho que sí, que le ayudo a lo que quiera, faltaría más, que si lo conseguimos, si el Santo Padre dice al final, que Moncho tiene alma, me reformaré, porque, en ese caso, tampoco yo me quiero perder el Paraíso.

Pues el Papa dijo, que Moncho tenía alma y a partir de aquel día su dueño, José Gil, leía la biblia y rezaba, pero no rezaba oraciones de la iglesia, sino que hablaba directamente con Dios. Empezaba a decirle: ¡¡Que lleno me siento de tener a Moncho Dios mío!! Ha salvado a esa señorita, me trae el periódico todos los días a casa, y a veces se pone una flor que le regala el florista, concretamente una rosa roja, en la boca, y si se encuentra con alguna dama, se la regala y las damas le dan un achuchón y le acarician, y le dicen: ¡Que perro más mono! Y la gente le daba regalos, bueno a el dueño, y un día, le regalaron una batita lila y rosa, y cuatro patucos de bebé  rosa para la noche y Moncho siguió siendo el perro más bueno de Zaragoza.

¡Gracias a todos por participar!

Imagen: Designed by wirestock / Freepik

                                                                                                               

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s