LA PRINCESA DE ESCARCHA

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Deja que te cuente un cuento de princesa.

Érase una vez una bella princesa que por corona llevaba un manojillo de escarcha de la mañana más dulce que recordaba. Durante toda su niñez no salió de su jardín, lleno de rosas y sándalo, de margaritas y unos altos setos que no le permitían ver el exterior. Pero escuchaba fuera niños cantar, caballos galopar, mujeres que llamaban a sus hijos a la hora de comer.

Tan hermoso era lo que imaginaba fuera de aquel confinamiento perpetuo por parte de sus padres, que en lugar de feliz la princesa lloraba cuando no la veían. Y guardaba sus lágrimas en botellitas de cristal… las llenaba cada día desde su infancia. Había cientos de frasquitos de lágrimas de princesa enjaulada. Nadie conocía su secreto, tampoco tenía amigos para podérselo contar.

Pasaban los años, y la princesa ya no era una niña, su cuerpo empezó a cambiar y a deslumbrar tanto que sus padres se preocupaban a la vez que admiraban esa belleza que ellos crearon. La princesa tenía unos enormes espejos que llegado el momento sus padres decidieron cubrir con telas oscuras para que no se mirase. Los paseos por el jardín no eran ya suficientes, y sin espejos ella no era consciente de sus cambios, pero los frasquitos se llenaban y llenaban entre clases de historia, de piano, de protocolo, de bailes de salón, pero nada de eso le servía de consuelo.

Una mañana vio por debajo de un arbusto unos zapatos muy sucios de barro, de la talla 43 más o menos. Le chocó porque no los había visto nunca, pero si esos zapatos le llenaron de curiosidad, fue su voz y sus palabras las que despertaron una emoción que nunca había sentido. Así cada día y a la misma hora se acercaba y le escuchaba, así se enteró de que había personas que sufrían más que ella, de que se morían los niños de hambre, de las guerras del mundo, de la pobreza, de las injusticias y de la deshumanización. Una de esas mañanas el hombre la descubrió espiando. Y pensó en ella y en su asquerosa riqueza. Así un día la saludó y comenzaron a hablar, ella se implicó en la tarea a escondidas de hacer unos panfletos para enviar a su pueblo. Y poco a poco se fue quitando sus ropas de princesa, dejando sólo su corona de escarcha.

Hasta que se enamoró de aquel hombre y su despertar al mundo. Sus botellitas no alcanzaban ya más, sus lágrimas no cesaban.

Aquel hombre resultó ser un voluntario de Médicos sin Fronteras y se fueron haciendo confesiones, aunque ella sólo podía aportarle aquella falta de libertad y su saciedad material. No le habló de sus frasquitos que guardaba desde niña.

Llegó el momento de la verdad, era hora de actuar. Así que sin pensarlo una noche la princesa llenó su mochila con aquellas lágrimas para recorrer el mundo de la mano de él. Su única confidente de palacio le ayudó en su huida camuflándola en un carro de víveres. Se encontraron en el parque más alejado de palacio y allí, con su corona de escarcha y sus frasquitos, cogió el primer avión hacia Somalia. Muchas emociones que jamás olvidó. Llegaron a aquel pobre país y en un bache de la carretera se le cayó un frasquito y se derramaron sus lágrimas sobre un campo desierto. En aquel momento el campo empezó a reverdecer y a dar frutos y trigo. Nadie supo qué decir.

Pero desde ese momento las lágrimas de la princesa fueron derramándose sobre los pobres y áridos campos y nunca más se volvió estéril la tierra.

Y aquí terminó sus días al lado de aquel hombre, o no, quizás recorrió sola su camino y por dónde ella pasaba, la abundancia creció.

Paloma Rubio Moreno

Foto de Fondo creado por jannoon028 – www.freepik.es

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Chelo García dice:

    La princesa de escarcha, menuda historia Paloma, es el cuento de la princesa guerrera que se salvo a si misma. Me gusta muchisimo.

    Me gusta

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