BERNARDA LA MOSCARDA 

el

Por Sara Mascarós Prades 

Era la leche. En el país de las moscas le tenían terror. Era mortal. Puñetera hasta la médula.  

Bernarda era a sus “60 días cumplidos” —como 60 años humanos, solo que en mosca—, como Atila cuando saqueaba, destruía y mataba. No hacía esto, pero era borde y retorcida, fría y calculadora. Era de jorobar, por jorobar; al prójimo vaya. Era muy chunga. 

Si la tuviera que describir, no sabría por dónde empezar. Porque la Bernarda era más fea que Picio.  Era muy gorda, tanto, que para desplazar su gran corpachón, iba dando empujones a diestro y siniestro. Ósea, bandazos. Su gran cuerpo terminaba en unos pies diminutos que apenas la sujetaban. Cuando se movía, las mollas saltaban libremente por todo su cuerpo, a su libre albedrío. Llevaba siempre las alas plegadas, haciendo una especie de “esmoquin”. Llevaba una camisa rosa muy fea, pasada de moda, con una pajarita, unas mallas apretadas hasta la extenuación, y unos zapatos garrulos a tope, chiquitines y feos de “narices”. 

Y es que la Bernarda tenía el pelo negro estirado hacia atrás con la raya al medio, engominado, y un poco sucio, que recogía en un gran moño. Llevaba dos tipos de gafas; unas de culo de vaso, tipo Bartolo de José Mota, que le hacían un poco bizca y añadían una expresión perpetua de mucho cabreo a sus ojos pequeñitos y oscuros. Y otras muy pequeñas, que apenas se apoyaban en su nariz, con las que estaba horrorosa y le hacían parecer una mujer antigua.   

Pero había algo que a la Bernarda se le daba soberanamente bien. En todos los saraos, en todos los líos, y haciendo la maruja, estaba siempre ella. La verdad es que en todos los cirios que se organizaban estaba siempre su persona. Que había que amonestar a alguien, la Bernarda siempre en primera fila. Que había un banquete, que había un funeral, la Bernarda. 

¡Coño con la Bernarda! Que había un programa de televisión, la Bernarda. Que había un juicio, Bernarda. Siempre chillando, siempre desgañitándose, la loca de la Bernarda. Que había que dilapidar, la Bernarda. Que había que insultar, la Bernarda. Era el terror de los siete mares. En el pueblo no sabían que hacer con ella. Era tremenda. Estaban hasta las narices. Estaban hasta el “pirri”. Era muy cansina. 

Y hay cosas que no son lo que parecen. Pero con Bernarda el silencio grita. 

Su corazón estaba destrozado, devastado, lo tenía hecho pedazos. Y le dolía, y cómo le dolía. Su autoestima brillaba por su ausencia. No conseguía ser feliz. Y ella pensaba que lo intentaba, de verdad que lo intentaba. ¡De veras que sí! Pero no lo conseguía. 

Ella pensaba que le habían hecho demasiado daño. Demasiado dolor, y eso, le impedía seguir viviendo.  

Demasiada tristeza, demasiado de todo. 

Y así se pasaba la vida, enfadada, rabiosa y odiando a todo el mundo. No quería vivir. Tan sólo dejaba que los días pasaran monótonamente, que transcurrieran lánguidos sin saber qué hacer. Nunca la trataron bien y eso había marcado su carácter. Nadie le hacía caso, nadie se ocupaba de ella. Pasaban olímpicamente. 

Hasta el día en el que todo cambió. 

Un día la Bernarda se hartó. Decidió que ya era hora de acabar con todo. Y vaya si lo pensaba hacer. Con dos ovarios. Acabar de verdad. Para ello pensaba irse a lo grande. Se tiraría desde la azotea del Corte Inglés en hora punta. Toma ya. Cágate lorito. 

El Corte Inglés de este país era bastante alto y pensó que se espachurraría contra el suelo. Se mataría. Finito. Fin del cuento. Y colorín, colorado, esta mosca se ha terminado. 

Pero no contaba con que el destino le jugaría otra vez una mala pasada. Una pendejada. Algo a lo que Bernarda nunca se había enfrentado. Y que iba de camino. La esperaba. La buscaba. 

Hasta que la encontró. Y vaya si la encontró. 

Bernarda lo tenía todo calculado. Para eso era fría y calculadora. ¿O, no?  

Se puso el vestido de boda de su madre. Un traje de los años sesenta, con escote palabra de honor y en forma de corazón. El resto del traje era largo y con un poco de cola. El velo corto y con una pequeña corona. Se puso los zapatos, los guantes y se pintó; se soltó el pelo larguísimo, que le llegaba por la cintura. Ah, y el bolso. Se quedó encerrada en un lavabo del Corte Inglés hasta que cerraron. 

Luego se subió a la azotea. Parecía la loca de la novela “Jane Eyre” a punto de tirarse desde el tejado. 

Extendió los brazos y la belleza oculta de Bernarda resplandeció. Estaba magnífica. Parecía la novia de Chucky. Eso le debió de parecer al hombre que se la quedó mirando. 

No se acordaba de que llevaba el bolso. Y le empezó a sonar el móvil. Bernarda abrió los ojos, bajó un brazo y del susto empezó a mover el otro adelante y atrás cómo el gato de la suerte chino. 

Se concentró de nuevo en lo que estaba haciendo, pero el móvil volvió a sonar. Abrió los ojos, y con un cabreo que habría dejado sentado al loco del resplandor, contestó:  

—¡¿Diga?! —la voz sonó como la de la niña del exorcista. 

La voz que había al otro lado  de la línea, tartamudeó y cogiendo fuerzas de donde no las había, soltó de sopetón: 

—¿Bernarda Alvarillo Pérez, alias “la moscarda”? 

—Si soy yo —dijo, con una voz fría como el hielo, como de ultratumba—. Enhorabuena, la llamo del programa “La Alcantarilla de Móstoles”, ha ganado usted el premio gordo. 

—¡¿Qué?! Espetó Bernarda furiosa. 

—Que ha ganado usted el sorteo de los 100.000 euros del bote. Le digo, que le ha tocado el premio gordo del SMS que usted envió. 

—¿Cómo sé que es verdad? 

—Porque la estoy llamando en directo, nos está oyendo media España —la Bernarda casi se cae del susto. Tuvo que sujetarse con todas sus fuerzas para no caer al vacío—. ¿Está usted bien? ¿Qué está haciendo en estos momentos? 

—¿Usted qué cree? 

—Pues no lo sé, dígamelo usted —Bernarda dio un gran suspiro—.

—Espere un momento  —Respiró hondo y como pudo se recompuso. Cogió sus cosas y se puso al aparato.

—¿Está bien? —Preguntó la voz. 

—Ahora sí —dijo la Bernarda sollozando. Miró hacia abajo y sintió vértigo. Vio la estrella de Belén en la fachada del Corte Inglés con miles de bombillas de colores y volvió a suspirar—. ¿Qué tengo que hacer? 

—Salga a la calle Colón y un coche la recogerá en el nº 24, dese prisa que la esperamos. Si necesita algo, pídalo a nuestro asesor, que la acompañará, no tenga apuro. ¡Venga! 

—De acuerdo, ya voy —ahora la voz le temblaba. Si le hubieran buscado el pulso, no se lo habrían encontrado.  

Bernarda bajó por la escalera de incendios, no supo cómo, pero lo hizo. El hombre menudo y moreno, soltó un suspiro: —¡Ay, Darling!— y una lágrima rodó por su mejilla. 

La Bernarda llegó a la calle. Iba dando grandes zancadas, cojeando con los tacones, de una manera muy basta. Llegó a la calle Colón y después al nº 24. Un AUDI rojo la estaba esperando y le hizo señas con las luces. Ella subió. Había un hombre de color, esperándola, con muy buena presencia y trajeado.  

—¡Buenas noches señorita! —dijo con acento español. 

—Hola —logró articular la Bernarda. 

—Tenemos media hora hasta llegar a los estudios donde se está emitiendo el programa —dijo él—, ¿necesita algo? —Bernarda no contestó—. Huy, creo que tendrá que arreglarse un poco, no puede ir así. Y deje de llorar, por favor. No se preocupe. Está todo calculado. 

Bernarda se enjuagó las lágrimas. Arrancaron. Al llegar a los estudios, bajó el hombre y bajó Bernarda. La habían arreglado para bien. No parecía la misma, pero la procesión iba por dentro. Entró en el plató y se asustó. Pero la gente empezó a aplaudir. A la Bernarda casi le da un ataque. Miró a la cámara. Tragó saliva. 

—¡Bueno, bueno…! —dijo el presentador— ¡Por fin está usted aquí! ¿Qué se siente? —preguntó el presentador. 

—¿Cómo? —contestó con un hilo de voz Bernarda. 

—¿Qué, qué se siente al ganar tanto dinero? 

—Pues es…cojonudo —dijo sin darse cuenta. Todo el plató rio. 

—¿Qué piensa hacer con el dinero? 

—No lo sé, irme al Caribe —dijo Bernarda. 

—Tome, el dinero íntegro —le dijo el presentador. Se lo dio en mano y Bernarda tembló. 

—Ah, pero no han acabado las sorpresas —dijo él. 

De repente, para asombro del público y de ella misma, entró un hombrecillo muy feo, bajito y moreno, con una cajita en la mano. Llegó ante Bernarda y lo que hizo a continuación dejó a todo el mundo en silencio. ¡Se arrodilló ante Bernarda!  Bernarda alucinaba en silencio, con el corazón desbocado y los ojos como platos. 

—¡Zeñorita! —Logró articular el hombre—. ¿Ze quiere casar conmigo Darling? —Dijo con acento caribeño.   

Ahí sí que la Bernarda no pudo más y delante de los ojos atónitos de la gente, se desmayó. Se despertó en el backstage. 

—¿Está usted bien? 

—Si —dijo Bernarda con un hilo de voz. Había tardado en volver en sí. De repente miró a su alrededor. Y recordó todo—. Ay mi madre —dijo.  

Ya iba a quejarse, cuando vio al hombre a su lado, sosteniéndole la mano. Era feo de puñetas, de eso se dio cuenta la Bernarda. Pero de repente, reparó en cómo la miraba. Nunca la habían mirado así. El hombre tenía en la cara, la expresión más preocupada y tierna que había visto en su vida. Tenía los ojos muy oscuros y unas gafas pequeñas y redondas. Tenía el cabello negro y ensortijado, y tenía un aire a Bardem, pero en feo. Era algo exótico. Y tenía unas manos grandes y suaves. Era un poco moreno de piel. 

—“Begnagda” —dijo con un ligero acento extranjero un poco raro—. ¿Se quiama así, vegitat? —dijo. 

—¿Mande? —dijo Bernarda. 

—“Begnagda” —dijo él—. ¿Te quiegues casag conmigo? —Bernarda suspiró. Y de repente se tiró a la piscina. Total, ¿qué podía perder?

—Venga, sí —dijo.  

No podía ser peor que todo lo que llevaba detrás. Había sufrido lo indecible, y había tenido una vida que hubiese regalado a quien la hubiese querido, o habría tirado a la basura. 

Suspiró otra vez. 

—¿Se puede levantar? 

—Si —dijo poniéndose en pie. 

La cogió su enamorado.

—¿Cómo se llama? —Preguntó ella—. 

—Cristofonos d, Popopopolus. 

La Bernarda casi se cae de espaldas.

—Ah —dijo. 

—Yo echagte muchos “polvos mágicos” a ti Begnagda. 

Bernarda abrió mucho los ojos. Luego tuvo que reconocer que le apetecía. Era muy fuerte, pero así era. Los hombres nunca la habían tratado bien, pero este era distinto. Todo el dolor, todo el temor se disipó. Bernarda no se lo podía creer. Nunca le había pasado una cosa así en su vida. 

—Vamos al spa, Begnagda —dijo él susurrando, mirándola con descaro y pasión. 

Anda que la Bernarda se hizo de rogar; una vez recogido el premio, salieron los dos juntos de la mano corriendo. Se reían y lloraban al mismo tiempo. Estuvieron haciendo el amor no se sabe cuántas horas, hasta que al final, retozando el uno con el otro, Bernarda se quedó dormida con la cabeza apoyada en su pecho. El hombre se durmió con una sonrisa en los labios, y no recordaba haberse sentido tan feliz y confiado en su vida, desde que era un chiquillo. Bernarda era su mundo, su musa, lo complementaba.  Eran muy dichosos. Se fueron a vivir al Caribe. A la Venezuela de las moscas. 

Bernarda fundó una ONG, para ayudar a niños sin recursos y ayudar a proteger el planeta. Tenía la vida que siempre había querido tener y nunca tuvo. Era completamente feliz. 

                                                                    FIN

Foto de jardin creado por jcomp – www.freepik.es

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