#ELMESDELOSRETOS Continúa el cuento.

Volvemos con un nuevo reto. Ana Campos, desde su taller de “Animación Lectora” nos reta a completar este cuento con un final alternativo. Esta técnica está basada en el libro de Gianni Rodari “Gramática de la fantasía” y se llama El Final Creativo.

El cuento que vamos a utilizar es de Carme Riera, lo publicó en su libro “El hotel de los cuentos”. Recuerda que podéis escribir vuestros finales creativos en los comentarios del blog, o mandarlos al mail beatrizbascunan@asociacionacova.org

EL ALMA DE MONCHO

                                                                                    Parte 1

Aquel mes de julio estaba siendo especialmente caluroso, sobre todo por las zonas de interior y Zaragoza no iba a ser una excepción. Y fue de la capital maña que me llamaron para dar una conferencia. No soy ni mucho menos una escritora famosa. Jamás me han dado un premio, no salgo en televisión y mis libros apenas se venden.

Llegué a Zaragoza con el tiempo justo para dar una conferencia en una Caja de Ahorros a la que sólo acudieron tres conocidos a escucharla. En cuanto acabé la conferencia, subí a la habitación y resignada me dispuse a cenar, pero como el servicio de habitaciones estaba ya cerrado y sólo se podía tomar un bocadillo, decidí salir a un sitio donde me dieran algo más. La noche era agradable, así que fui dando un paseo hasta los alrededores de una antigua plaza, donde conozco un restaurante estupendo. Pedí borrajas y ternasco y me dejé aconsejar respecto al postre. Tomé yemas, su especialidad. Y, aunque detesto comer sola fuera de casa, esta vez me sentía acompañadísima por dos camareros que me trataron a cuerpo de rey. De manera que salí de allí reconfortadísima y, para hacer mejor la digestión antes de irme a la cama, decidí regresar a pie al hotel. Nunca debí de hacer tal cosa. Zaragoza es una ciudad tranquila, de gentes sumamente amables y pacíficas, en la que, no obstante, de noche, como en cualquier otro lugar, es preferible que las mujeres no anden solas por las calles.

Pasaba por los arcos  de la Independencia cuando tuve la sensación de que me seguían. Incapaz de volverme para comprobarlo, aceleré el paso y noté que quien o quienes venían tras de mí también lo aceleraban. Corrí hacia el centro de la calzada para ver si entre los pocos coches que circulaban encontraba algún taxi, pero ni siquiera pude llegar hasta allí porque tres tipos me rodearon. Instintivamente agarré con fuerza el bolso, en el que además del monedero tenía lo que me habían pagado por la conferencia y el billete del tren, dispuesta a defender mis pertenencias, algo que jamás hay que hacer en estos casos. Al ver que no cedía al primer tirón, el más fuerte de los tres sacó una navaja y me la pasó por la mejilla, mientras me insultaba en un inglés macarrónico. Les di el bolso,  pero me defendí como pude pegando patadas y pidiendo socorro cuando intentaron arrastrarme hacia un coche, retorciéndome los brazos. Lo habrían conseguido si no llega a ser por Moncho…. (continúa el cuento)

 Parte 2

… si no llega a ser por Moncho, que cruzo la calle para venir en mi defensa y ahuyentó a los malhechores enseñándoles los dientes con todas sus fuerzas. Por lo visto, no era ni mucho menos la primera vez que Moncho intervenía para salvar a alguien, al menos cinco personas le debían la vida según me fue contado después por su amo, José Gil. Gracias a Moncho, que atacó a aquellos tres malnacidos, me salvé y gracias a José Gil, que llamó a una ambulancia y me acompañó al hospital, hoy puedo escribir estas líneas.

Pueden ustedes imaginarse lo agradecidísima que estoy al señor Gil y a su perro. En cuanto me quitaron la escayola de los brazos, les convidé a mi casa de Barcelona para agasajarles como merecían. A decir verdad, es con Moncho con quien me sentí más a gusto y sé que él se dio cuenta. Nunca he encontrado a nadie tan extraordinario. Si en vez de perro fuera hombre, sería el de mi vida. En eso coincido con su dueño que dice que si Moncho fuera mujer, él no estaría soltero. Después me confesó lo triste que se pone cuando piensa que sobrevivirá a Moncho. Moncho, con nueve años, ya va para viejo. El único consuelo de José Gil es pensar que quizá Moncho pueda ir al Cielo, sólo así podría resistirlo. Yo, para animarle, le dije que quién sabe, que tal vez Moncho sí irá al Cielo, ya que méritos no le faltan. José Gil, que es católico practicante, me aseguró que no era posible, que la Iglesia no lo permite, que al Cielo sólo van las almas y los perros no tienen alma.

Sin embargo, hace una semana recibí un correo electrónico de José Gil en el que me contaba que, después de darle muchas vueltas, había decidido escribir al ….. (continúa)

                                                                                                                Parte 3

… había decidido escribir al Papa adjuntando al currículum del perro los testimonios de las personas que, como yo, puedan avalar las extraordinarias virtudes de Moncho. José Gil tiene mucha fe en el Papa, sabe de buena fuente que es muy perruno, algo que juega a favor de Moncho, y a él no le importa esperar. Por eso me ha pedido que le ayude a redactar su petición. Por descontado, le he dicho que sí, que le ayudo a lo que quiera, faltaría más, que si lo conseguimos, si el Santo Padre dice al final, que Moncho tiene alma, me reformaré, porque, en ese caso, tampoco yo me quiero perder el Paraíso.

                                                                   FIN

IMAGEN: Designed by Freepik

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